Teófila Palafox, pionera del cine comunitario

En México, es común ver a personas -mujeres en su mayoría- caminando con bultos o canastas que cargan sobre sus cabezas. El cuerpo es capaz de aguantar el 20 por ciento de su propio peso en esta posición y caminar grandes distancias utilizando la misma energía que emplearía si no llevara nada. Igualmente, si el organismo está acostumbrado, la carga puede aumentar sin alterar el equilibrio.

En San Mateo del Mar, localizado en una delgada península oaxaqueña que divide dos lagunas del Océano Pacífico, la estabilidad que proporciona a las mujeres controlar el peso en la cabeza no sólo les permite llevar y comercializar las prendas que tejen ellas mismas y el pescado que sus esposos extraen del mar, sino también filmar video de calidad sin necesidad de un tripié o una grúa; sólo necesitan una cámara en mano.

Fue ahí donde nació el cine comunitario en México hace 30 años, en medio del mar.

El día a día de los ikoods -indígenas locales- fue grabada y editada por mujeres tejedoras de la comunidad, encabezadas por Teófila Palafox, después de tomar el primer taller de cine indígena impartido por el documentalista Luis Lupone.

El filme marcó un precedente para que distintas comunidades en México y América Latina retraten a través del cine su realidad, intentando modificar así la visión paternalista con la que se construye la imagen del indígena en el país.

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En la década de los ochenta, el Instituto Nacional Indigenista (INI) había convocado a distintos cineastas a realizar documentales en zonas con población indígena, incluyendo el Istmo de Tehuantepec.

Luis Lupone, entonces asistente de cámara, quien regresaba de Francia capacitado por el antropólogo y cineasta Jean Rouch, percibió que en muchos de los documentales del INI había poca seriedad y tiempo para retratar de manera correcta la realidad de cada pueblo, elaborando una especie de catálogo de las comunidades.

En la construcción de imágenes que retratan a los pueblos originarios ocurría algo parecido.

En murales, esculturas y zonas arqueológicas se plasmaba al indígena como parte de un pasado glorioso que ya no existe, segregado en el presente por quienes no hablan su lengua ni siguen sus tradiciones; en la fotografía después de la Revolución Mexicana aparecieron postales del indio como folclor nacional; en el cine de ficción dominaba la figura del indígena como un ser inferior y en los documentales la voz en off del narrador trataba de manera condescendiente y paternalista al indígena.

Pocas veces se les preguntó si querían ser representados y cómo. Eran el objeto a analizar y no parte activa del análisis.

Luis Lupone decidió entonces que eran los propios indígenas quienes debían retratar su realidad y el rol de los documentalistas y antropólogos sólo debía ser de capacitación y consulta.

La convocatoria para el primer taller de cine indígena apareció en 1985 en el centro de Oaxaca, donde la Organización de Artesanas de San Mateo del Mar llegó como cada año a comercializar sus productos: huipiles, manteles y servilletas elaboradas en el telar de cintura, cada uno con figuras tejidas que contaban una historia diferente.

Lupone observó en los telares un proceso parecido al storyboard, guión gráfico que indica la estructura de una película, e invitó a las artesanas a participar en el taller. Aunque en su municipio la mayoría hablen la lengua ikoods, las locatarias aprenden español para entenderse con las demás comunidades donde venden sus telares.

Entre las primeras mujeres que alzaron la mano se encontraba Teófila Palafox, de 28 años, quien además de ser la presidenta de la organización de tejedoras era partera en su municipio. Pronto adquirió habilidad con la cámara Súper 8, misma con la que realizaron sus primeras grabaciones cineastas como Steven Spielberg, Pedro Almodóvar, Christopher Nolan y Lars Von Trier.

Las Súper 8 facilitaban las grabaciones por tener sonido incluido y no necesitar tanta inversión, ante el bajo presupuesto que había destinado el INI al proyecto.

Teófila, acompañada de su hermana Elvira y sus vecinas Guadalupe y Justina Escandón, comenzó a grabar la vida diaria de los habitantes de la península, quienes sentían desconfianza frente a la cámara.

El primer contacto entre los pobladores de San Mateo del Mar y el cine llegó en 1933, cuando el cineasta soviético Serguéi Eisenstein llegó a filmar imágenes para un documental y pagaba un dólar y medio para que los indígenas se dejaran retratar.

“Pensaron que estábamos trabajando con un extranjero y que nos paga bien y que nos vamos a hacer de dinero porque los que graban son extranjeros, de afuera”, menciona Teófila Palafox en entrevista.

Los pobladores se quejaban, además, de que siempre los grababan sin saber para qué y no veían el resultado. Costó trabajo acostumbrarse a la cámara, pero poco a poco comenzaron a soltarse.

El resultado del primer taller de cine indígena fueron tres cortometrajes grabados en 1985: La vida de una familia ikoodsCuéntame un cuento mum vida y Una boda antigua, grabados en su propio dialecto y editados por las tejedoras cineastas.

Sin embargo, el Instituto Nacional Indigenista decidió no postproducir dos de las tres películas. Para Luis Lupone, el argumento de bajar dos filmaciones por la calidad era sólo un pretexto para no empoderar a las comunidades indígenas y que el proyecto fracasara.

“En realidad, lo que ellos veían era un peligro de que las propias comunidades tuvieran cámaras, porque con cualquier conflicto que surgiera ellos podían estarlos registrando”, menciona, poniendo como ejemplo la irrupción del EZLN tiempo después.

Leaw amangoch tinden nop ikoods, nombre original del cortometraje de Teófila Palafox, fue el único en terminarse y exhibirse dos años después de ser filmado, y fue nominado un año después al Ariel como mejor mediometraje documental.

En el filme, los hombres arreglan la atarraya con la que pescarán parados en dunas de arena; una madre de familia le pide en ikood a su hija que lea y ella obedece recitando en voz alta un cuento en español de Lope de Vega.

La grabación sigue con las mujeres caminando con botes en la cabeza, donde llevan el pescado para vender, y evaluando en qué se invertirá el dinero ganado. Es constante el sonido del rollo de la cámara Súper 8 y del viento con velocidades de hasta 20 metros por segundo, aquel por el que las empresas y el gobierno buscan colocar parques eólicos en tierra sagrada para los ikoods.

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Cuatro años después del primer taller de cine indígena nace el Proyecto de Transferencia de Medios Audiovisuales a Organizaciones y Comunidades Indígenas, que retoma la dinámica practicada por Luis Lupone y los habitantes de San Mateo del Mar, sin reconocer estos primeros trabajos.

Teófila Palafox dirigió en 1992 su segundo documental, Ollas de San Marcos, donde retrata todo el proceso a través del cual las mujeres de San Marcos elaboran los instrumentos de cocina artesanalmente.

A lo largo de más de dos décadas, la capacitación a pueblos indígenas se ha expandido para realizar cine etnográfico, pedagogía audiovisual y fotografía antropológica.

Distintas leyendas ancestrales, festividades, oficios, denuncias y vida diaria han sido retratados por los propios habitantes de las comunidades de México y América Latina, obras que se reúnen en festivales de cine.

En 2011, la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas digitalizó los documentales de la cineasta, y el 2012 fue nombrado Año Internacional de la Comunicación Indígena.

En la Segunda Muestra Internacional de Cine y Video Indígena, organizada por el colectivo de jóvenes “Cine y Medios Comunitarios” (celebrada el mes pasado en la Filmoteca de la UNAM con más de 50 obras), Teófila Palafox aprovechó la proyección de sus documentales para ver algunos filmes que se han grabado después de su incursión hace 30 años.

El plan de Luis Lupone era que tanto Teófila como las otras cineastas pudieran grabar distintas comunidades indígenas con presupuesto del Instituto Nacional Indigenista, cosa que no sucedió.

La tejedora ikood recuerda con alegría las filmaciones que, asegura, han servido como un registro para las nuevas generaciones que la han visto.

En su municipio, la esperanza de vida es baja, a pesar de los avances que ha tenido en estas tres décadas, y algunas personas que aparecen en la primera filmación hoy ya fallecieron.

“A veces cuando llueve no queda nada de tierra, todos estamos flotando en el agua; entonces, hay mucha enfermedad y mucha contaminación”, dice.

A sus 58 años, le gustaría volver a filmar. Sigue creando historias cronológicas, entrelazando los hilos del telar que sostiene con un cordón amarrado a su cintura.

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